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Llegar a tiempo.

El ruido del viento chocando con mi ventana me despierta un poco antes de lo previsto. Sobresaltada, miro la hora. Me da un vuelco el corazón: llego tarde.  Me siento en la cama mientras vuelve poco a poco mi conciencia y entonces lo recuerdo. Es sábado, huele a agua de mar y estoy lejos de casa.  Hoy no hay alarma ni atasco, solo una buena noticia: llego justo a tiempo.  Salgo aún así con cierta prisa (por no perder la costumbre) y bajo a darle los buenos días a mi confidente favorito, que hoy mece tranquilo sus aguas inundadas por la luz de un sol radiante. Respiro tranquila en su orilla: “gracias por la espera, te echaba de menos”. Y me siento, por primera vez en meses, a hacer nada más que estar. A contarme a mi misma qué hay de nuevo desde la última vez que me vi. A escuchar atenta a “lo de dentro”.  Y entre el ruido de las olas y el barullo de mi propio pensamiento, vuelvo a notar su presencia. Esa voz que lleva un tiempo gritándome en silencio, que espera paciente que le escuche

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